METALITERATURA

Revista de literatura

El artista en la época de su reproductibilidad técnica

4/9/2016 Interesante

Llama la atención empezar a leer una novela cuando ya se anuncia desde el principio que no tiene final. Perdón, una casi novela: Los borradores de Macedonio (Una casi novela sin final) escrita por Roberto Ferro y publicada en Voria Stefanovsky Editores en 2016. La negativa para clasificar a esta obra dentro de un género específico lleva a una visión fragmentada de aquello que podría llegar a pertenecer pero no lo hace. Casi adrede, la falta de cierre condice con la imposibilidad de poner fin a una vida, una trayectoria artística y un legado.

 

 
Por:   Berasaluce Guerra Victoria

Victoria Berasaluce Guerra

“La escritura sin presente es siempre, ante todo, un movimiento tendido al porvenir”. (Ferro, Roberto)

Llama la atención empezar a leer una novela cuando ya se anuncia desde el principio que no tiene final. Perdón, una casi novela: Los borradores de Macedonio (Una casi novela sin final) escrita por Roberto Ferro y publicada en Voria Stefanovsky Editores en 2016. La negativa para clasificar a esta obra dentro de un género específico lleva a una visión fragmentada de aquello que podría llegar a pertenecer pero no lo hace. Casi adrede, la falta de cierre condice con la imposibilidad de poner fin a una vida, una trayectoria artística y un legado.

La idea de borrador, presente desde el título, deja al lector perplejo ante la insuficiencia de definición. Un libro que aspira a ser no más que un boceto, una prueba, indigno de operar bajo el nombre “novela”. Hay aquí cierta humildad de su escritor. Conociéndolo a Roberto, reconozco que esa humildad es también fingida. Como buen profesor, su primera lección es inculcar la autoestima en la escritura de sus alumnos y esa lección contradiría el subtítulo de esta novela: (Una casi novela sin final).

Solo quedan restos que “conmueven y excitan”, partículas que guían a los críticos hacia una obsesión por descifrar la obra de un autor a través de los remanentes que ha dejado su vida. Aparece aquí la vieja pregunta ya problematizada en el ámbito de las letras: ¿hasta qué punto pueden los detalles biográficos de un escritor, los fragmentos sobrevivientes a éste, ayudar a comprender su obra?

Esta casi novela articula dos historias que terminan en pos de un mismo objetivo: la búsqueda de la voz de Macedonio. Como la narración de un relato policial, se produce una investigación acerca del enigma de esa voz: si fue capturada, cómo y con qué fin. La relación entre la crítica literaria y el estilo policial desembocan en una persecución para “echar una luz diferente sobre la obra de Macedonio”. Aparece en esta historia un interesante entrecruzamiento de narradores (algunos testimoniales de la voz de Macedonio), entre ellos se encuentran: críticos literarios, coleccionistas y víctimas de fanáticos del arte que buscan eternizarlo.

Sin embargo, este proceso no es considerado por el crítico-narrador como un enigma, sino que son los objetos, la materialidad la que se pone a prueba ante intentos de plagios y complicidades. La competencia en la investigación es llevada a cabo por un círculo selecto de críticos literarios aficionados al escritor idolatrado.

El crítico-narrador se propone recuperar de las sombras a la figura de bajo perfil de Macedonio y reincorporarla a un canon mundial junto a Proust y Joyce. Injustamente marginado, el crítico-narrador se convence de revertir esta disparidad propulsada por una visión eurocentrista. La materialidad de los libros de Macedonio persiste pero sus lectores se han agotado. Macedonio no es más que un fantasma para aquel mundo erudito. No obstante, Macedonio ha probado ser una fuente de inspiración para escritores de la talla de Borges. Como precursor, ha sido casi relegado al olvido internacional.

Restos de la propia realidad del escritor Roberto Ferro se inmiscuyen en la historia: Puán, Noé Jitrik, el Instituto de Literatura Hispanoamericana, posiblemente para corroborar la hipótesis de cómo la vida se entromete inevitablemente en la escritura. Dos esferas imposibles de deslindar.

El artificio, el acto de fingir, es capaz de revivir una obra “inmensamente ajena”. El concepto de estilo pierde su original autenticidad, pasa a ser “una colección de estereotipos, automatismos y gestos mecanizados”. El estilo se vuelve así el fundamento de la copia. La transgresión de la copia pasa de ser una imitación a ser la esencia misma, la identidad unívoca de aquella voz perturbada. De esta manera, se produce en la transferencia de identidad la imposibilidad de establecer la autenticidad.

Aquella voz está atravesada por múltiples presentes. Macedonio fue leído, se lee y se leerá. Macedonio fue influenciado por lecturas e influirá en otras escrituras. El escritor absorbe de esas multiplicidades el material para su obra futura. Roberto Ferro ha transcurrido por un mismo camino, lo demuestran las citas e intertextualidades en su casi novela y la mentalidad de teórico literario que imprime en sus ideas.

La obra de Proust, En busca del tiempo perdido, ejerce una fuerza sobre el relato de von Hoffman. A partir de las grabaciones y de la lectura de los cuadernos, se recupera en el presente una voz del pasado. Del desdoblamiento del yo surge una contradicción fundamental que sugiere que esa voz personal ha sido capturada por una máquina para dividir al individuo y reproducirlo a través del tiempo, asimismo, esa división no se constituye en otredad porque la copia es perfecta. Los resabios de una voz buscan resistir los embates de una época que anticipa el fin de la cultura oral. Serán acaso restos de una obra y de una vida, y considerados en ese sentido, no pueden jamás aspirar a una completitud pero sí a un artificio de imitación perfecto. El cuestionamiento del investigador apunta a la fidelidad de la trascripción.

Yo diría que no estamos transitando la última etapa de la cultura oral y que siempre los lectores querrán conocer las obras a través de las voces de sus hacedores. La potencia de cada sonido traducido a palabra logra la contemplación serena de un alma que piensa en cómo, a pesar de la evolución histórica y como dijo alguna vez la actriz Helen Mirren en una entrevista: estará siempre profundamente arraigado en el ADN del ser humano, querer escuchar historias.

 

 

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