METALITERATURA

Revista de literatura

Ser ficción

5/30/2018 Improbables

Sobre Adelaida Sharp en tu tiempo de Ana Abregú

La narración realiza un derrotero agazapado, escondido detrás de una voz que oculta tras la vejez la habilitación para hablar. 

 
Por:   Rotundo Laura

El recorrido temático es tratado como un soliloquio en las páginas de lo que parece ser un diario, en el que el sutil desorden cronológico da cuenta del fluir del pensamiento como un discontinuo inacabado y profuso, intenso e invertebrado, que no siempre concluye, sino que deviene otras secuencias discursivas que van entrelazándose con la época desde diversos espacios de dicción y representación.

La edad es el primer escudo que practica Adelaida Sharp, la narradora que firma cada microrrelato y que luego se trasviste en Julio Montes, a modo de Heterónimo, en una exploración explícita sobre las posibilidades de percibir, atravesar e investigar las estructuras sociales que la condicionan. La idea de firma, de falsificación y de escritura como modos de vivir la realidad y la escritura son puestas en abismo y contrastadas con Ana Abregú quien es reclamada como propiciadora de algunas líneas de pensamiento que complejizan las reflexiones de Adelaida sobre la vida, la escritura y la literatura, realizando una acción que desdibuja los límites en los cuales la ficción -de esa primera persona- se ve interpelada por su misma creadora.

Ese corrimiento, esa fricción, esa puesta en juego del lugar de creación agrega -y disgrega- la intimidad del diario y de los accesos de la primera persona a las instancias evocativas del pensamiento y sus encuentros en -y con- la escritura. Esos espacios sobrecargados de sentido a que da lugar el encuentro entre ambas es el que marca el límite entre la abuela lectora y la antes madre sumisa y estructurada, el límite entre vivir sin pensar y pensar cómo vivir, el límite entre escribir y escribir.

La ficción generada por el personaje que narra se ve incitado por las lecturas que dan crédito a su exposición. Los nombres, tanto del lumbago -Roa- como de la ampolla/amapola -renombrada desde la inocencia y bautizada para dar lugar a su existencia como Gilgamesh (con todo lo que este nombre implica)- marcan la necesidad del nombre como instancia vital, como ímpetu de existencia ¿Adelaida es nombrada por Ana o también viceversa? Los nombres dejan de nombrar para pasar a significar re-semantizados por los contextos de escritura en los que habitan y por los que son habi(-li?-)tados.

El recorrido imbricado pero continuo, -sin pausa-, de la voz que pelea con sus propios principios de juventud, intenta dar lugar a otros posibles narrativos que se abren a partir de disgregar la imaginación del niño quien dispone, a partir de las propuestas de su abu, todo un mundo que condimenta y rejuvenece la narración dando un hilo de continuidad al relato que genera un código en el que las palabras cobran sentido apartadas de su significado en la significación que las actividades propuestas engendran y dislocan.

El movimiento de la vieja entre los espacios conocidos, tanto geográficos como discursivos, habilitan el topos que encauza la narración. El cuerpo del relato queda dentro de un relato en que el cuerpo, deteriorado por los años e impregnado de antedichos, no se corresponde con las ganas de atravesar la vida desvistiéndose de los estigmas sociales que hacen, de la vejez, una etapa en que el ser pierde su autonomía tanto física como mental, desmitificando así también la sensación de dependencia del viejo para con los hijos/jóvenes.

En un intento por redimir su maternidad con su abuelazgo, Adelaida recorre con el niño -sin nombre- un camino dulce y acompasado de complicidades basadas en la estimulación de la creatividad y el encauzamiento de una educación apoyada en el deber ser de un niño que debe responder a los parámetros sociales establecidos por sus padres, que -sin quererlo- obturan sus inquietudes más genuinas. 

El intercambio entre el pequeño y el adulto desborda los límites del camino que la reflexión atraviesa en el pensamiento sin barreras del niño que provoca e intenta nuevos senderos de razonamiento plagados de inmensa inocencia, pero no por esto inconsistentes a la hora de trastabillar con los sentidos preestablecidos para acceder a los márgenes de un pensamiento productivo de sentidos dentro y fuera de la narración. La relación entre el niño y la abu es amoroso e impregna una suavidad el relato que proporciona, de su deseo cibernético compartido y su aversión por los límites de los mayores, un encuadre próspero que reedita los posibles narrativos que conmueve.

La idea de la escritura como símbolo de la existencia de ella misma, es decir el mismo acto de creación como un desdoblamiento del mismo interés por mostrar su ímpetu de creación, es el germen que da sentido a la extimidad del diario íntimo de Adelaida en el que, con maestría, ironía, frescura y un humor sutil e ingenioso, Ana Abregú inaugura su escritura de ficción proponiendo otra forma de pensar la literatura interpelada por las redes y los sentidos que propone y que dispone la vida en tu tiempo.

 

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