Historias sobre la vida de una muerta

2/27/2015 Onetti

Al enfrentar la lectura de Para una tumba sin nombre[1] se presentan algunas vacilaciones. ¿Cómo identificamos a los personajes de la novela? ¿Acaso por su edad? ¿Su fecha o lugar de nacimiento? ¿Por su profesión? ¿O por su nombre?



[1] Onetti, Juan Carlos (2008 [1959]). Para una tumba sin nombre. Buenos Aires: Punto de lectura. (Todas las citas refieren esta edición). 

 

 
Por:   Frumento Florencia

Por Florencia Frumento

Tenía el remordimiento de haberle hecho creer en una historia perfecta, haberle permitido creer que la historia que empecé a contarle en aquellas vacaciones obtuvo su final perfecto. Eso nunca sucede; si se pone a pensar, verá que todo falla por eso y solo por eso. (Onetti: 93)

Al enfrentar la lectura de Para una tumba sin nombre[1] se presentan algunas vacilaciones. ¿Cómo identificamos a los personajes de la novela? ¿Acaso por su edad? ¿Su fecha o lugar de nacimiento? ¿Por su profesión? ¿O por su nombre? En primera instancia es posible responder que según el personaje del que se trate tendremos una mayor o menor cantidad de información. Pero algo es seguro: aquello que todos los personajes poseen en la novela es una historia para contar.

Historias de vida, experiencias pasadas, anécdotas propias o ajenas que relatan para sí mismos o bien para otros, en una charla de café o que escriben. En Para una tumba hay una recurrencia sobre el tema de las historias o sucesos que se relatan. El hecho de que en la novela cada uno de los personajes sea un cuenta-cuentos articula una importancia alrededor del tema de la ficcionalidad y la narración de historias.

Tanto en los personajes secundarios –al menos aparentemente– como en los protagónicos, contamos con alguna experiencia o historia para reponer, ya sea extensa o breve, detallada o imprecisa. Se advierte por ejemplo en Caseros, el habilitado de Miramonte, de quien el médico nos dice “me habló del hígado de su suegra. Exageraba, mentía un poco, andaba buscando alarmas” (Onetti: 12). En este caso se trata de algo escueto, pero con esta breve referencia ya se conoce algo sobre la vida de Caseros: está casado, su suegra está viva pero enferma, ella tiene un problema en su hígado y él no suele ser del todo confiable a la hora contar algo.

Asimismo, se ofrece un caso similar esta vez en un personaje más recurrente y central como es el médico. Él relata la anécdota de la tarde en la que se introdujo en la historia de Jorge Malabia, la muerta y el entierro. “Así que enseguida de la siesta me metí con el automóvil en el verano, con pocas ganas de estar triste. A las cuatro y cuarto estaba en los portones del cementerio, acuclillado en el fin de la pendiente del camino, fumando” (Onetti: 16).

De la misma manera, aparece esa especie de síntesis que otorga Jorge al médico sobre la historia de su familia, sus padres y su difunto hermano Federico, su casamiento con Julita, la posterior locura que caracterizó a la viuda y las salidas nocturnas de su hermano Marcos.

Con esta reflexión, la primera conclusión es que en el entramado de la novela hay una importancia o preminencia otorgadas a las historias o sucesos propios o ajenos de los que cada uno dispone para contar. Esto, por cierto,  lleva cuestionarse algunos roles y caracterizaciones que les son atribuidos a las historias, la narración de las mismas, sus protagonistas, los autores, los narradores y oyentes o lectores, etc. Y, en consecuencia, es posible pensar en un matiz metaficcional del texto.  De esta forma, Para una tumba sería una novela que reflexiona sobre sí misma, sobre su condición de novela: una ficción que habla sobre la naturaleza de la ficción. Volveré luego sobre esto.

Ahora bien, en una perspectiva de avanzar sobre la lectura, profundicemos el análisis sobre Rita. En líneas generales, es factible decir que aquello de lo que trata en su mayoría la novela, al menos temáticamente, es de Rita y de la reconstrucción de su identidad. El objetivo primordial es poder responder a la pregunta de quién es la muerta que ha enterrado Jorge Malabia. Todos los encuentros del médico con Jorge y con Tito tienen el propósito de precisar, reponer o bien dar a conocer la historia de vida de Rita; lo cual lleva también a la escritura por parte del médico de la historia de la difunta. Se busca aclarar interrogantes como quién fue Rita, por qué llevaba un chivo, a qué se dedicaba, etc. En otras palabras, definir, exponer, relatar la vida que ha llevado Rita para poder caracterizar a la muerta que yace en esa tumba sin nombre, sin identificación.

Mi hipótesis general es que la identidad de Rita está conformada por las historias que le corresponden. Pero esta afirmación que no parece sumar demasiado a la lectura de la novela pretende ir un poco más allá. Me refiero a que identificamos a la muerta solamente por sus historias, experiencias, cuentos de vida. De esta manera se eliminan de lo que podríamos llamar el “campo semántico de la identidad” otros datos como el nombre, el apellido, la edad o la descripción física de la difunta. Mas la reconstrucción de su identidad no termina allí: porque esa información no solo falta, sino que la ausencia de dichos datos permanece presente en la novela a la manera de interrogante, contradicción o ambigüedad.

Comencemos por el título de la novela. Hay dos cuestiones pertinentes al tema de la falta. En principio, se presenta una tumba sin nombre, una tumba que no está identificada; por lo cual, desde el mero inicio de la lectura se percibe la necesidad de investigar información. Además de esto, la construcción sintáctica que compone al título de la novela es algo problemática. El sintagma “para una tumba sin nombre” es un complemento preposicional, un circunstancial de finalidad al cual le está faltando un núcleo principal. Se indica una especie de objetivo o propósito –la tumba sin nombre– que queda trunco por carecer de un núcleo al cual debería estar modificando. Así, no se logra de entender cuál sería concretamente el objetivo perseguido. Se busca “algo” para la tumba desconocida. Es por ello que se admiten preguntas como “¿qué para una tumba sin nombre?” Con posibles respuestas como  “una mujer para una tumba sin nombre”, “una identidad para un tumba sin nombre”, etc.

En cuanto a los datos básicos que hacen referencia a la muerta, veamos qué sucede al buscar, por ejemplo, el apellido de la misma. Hay un momento en la novela que podemos denominar la “escena inicial”: se trata del encuentro del médico con Caseros y es adecuado volver sobre este suceso porque es allí donde se adquiere una primera aproximación sobre Rita. Es en este acontecimiento cuando el médico comienza a enterarse de la existencia de esta mujer y decide asistir al entierro para poder tomar conocimiento de la historia de la muerta. Sin embargo, el mismo Caseros presenta la duda cuando, a pesar de haber leído el acta de defunción de la muerta, afirma que su apellido era “García creo, o González” (Onetti: 15). En efecto, al terminar la lectura de la novela nunca se dice cuál era el verdadero apellido de la mujer.

Con el avance del relato se llega a dudar sobre el nombre de la muerta. Desde el principio se habló de una tal Rita, así lo dijo Caseros y también Malabia durante todo el primer encuentro con el médico. Pero posteriormente, en su segunda reunión, Jorge llega a decir que “la mujer muerta que descansa en paz en el cementerio de Santa María no se llamaba Rita” (Onetti: 88). Esta es una falla significativa. No solo Jorge dice haber pasado una importante parte de su vida con ella sino que es también la única persona que se hace cargo del entierro. Es llamativo que se contradiga a sí mismo, que vuelva sobre sus palabras con un tono de corrección sobre lo dicho. Sin embargo, esta contradicción es solo la primera de otras muchísimas que presentan los relatos que arman al texto.

Otra de las inconsistencias que encontramos es la referida a la edad de la muerta. Siempre que se habla de la edad de la mujer difunta, se la compara con la edad de Jorge. En toda ocasión, la información remite a cuántos años le llevaba ella a él. Por ejemplo, Caseros en aquella escena inicial afirma que “por la edad podría ser casi la madre, le lleva como quince años” (Onetti: 15). No obstante, tiene lugar también el encuentro en donde Jorge relata brevemente al médico la historia de su familia. “La habían criado mis padres y me llevaba dos o tres años” (Onetti: 42) es lo que sostiene Jorge. La tumba sin nombre tampoco tiene fechas, así que queda la incógnita no solo sobre la edad de defunción de la mujer sino también sobre su edad en relación con Malabia.

Sería acorde incluso preguntarnos cómo era físicamente la muerta. Y en la lectura de Para una tumba descubrimos que no hay ninguna descripción corporal clara. Lo mínimo que se dice en un momento dado es que era “morena, con un poco de sangre india” (Onetti: 43), datos de lo más ambiguos. Pudiéndose tratar de que la calificación de “morena” haga referencia a que su pelo era negro o marrón, o bien de que su piel era asimismo oscura. Esto es lo máximo que se conoce sobre la fallecida. Y sin embargo sí se repone mucha información sobre el aspecto físico del chivo, por ejemplo. Efectivamente, se habla mucho de  la apariencia del “chivo viejo” (Onetti: 16) con “largos pelos sedosos, revestidos a su vez por esa blancura increíble […]. Las patas de puro hueso, casi filosas, las pezuñas retintas, charoladas. […] cálidos, relampagueando cortantemente con una imprevisible frecuencia, no lujuriosos ni burlones ni sabios, los ojos amarillos” (Onetti: 56), “rengo y con baba en el barba, con una pata entablillada” (Onetti: 21). Hasta se provee una descripción del chivo de la mano de Malabia cuando lo entierra: el chivo muerto se veía como “un  cabrón viejo y hediondo –aunque fue recién entonces, muerto, que dejó de oler–, con patas rígidas de madera saliendo paralelas de los lacios pelos amarillos de la vejez” (Onetti: 31).

Entonces, no ocurre que en el relato ningún personaje recibe una clara caracterización física. En muchas oportunidades se nos habla de la vestimenta que utiliza Jorge, se habla de la obesidad de Tito y de su parecido con el padre. Asimismo, personajes que aparecen de manera transitoria en la novela reciben una descripción. Podemos tomar el ejemplo de “Godoy, el comisionista. Podíamos verlo, gordo, bigotudo, viejo […] la voz sofocada de Godoy […] él, Godoy, gordo, imbécil, de cuarenta años o más” (Onetti: 35 y 36). Igualmente, en el primer encuentro de Jorge y el médico, este último piensa en un determinado momento para sí mismo “Rita, no me acuerdo de su cara, y un chivo” (Onetti: 51). Por supuesto que no recuerda su cara porque no la ha visto y además porque nadie le detalla claramente cómo era.

Siguiendo con la investigación de la identidad de Rita sería adecuado poder reconstruir la relación que tuvo no solo con la persona que se ocupó de su entierro –es decir, Jorge– sino también con la familia Malabia. Tal como acostumbra el texto, también en esta zona se encuentran contradicciones. En aquel momento en que Jorge cuenta al médico algunos sucesos de su familia, él afirma que sus padres habían criado a Rita y también que luego de la muerte de Federico “sin dejar de ser del todo la mucama y todo lo demás de Julita, volvió a ser hasta cierto punto la sirvienta de nosotros: de mis padres y mía, de mi casa” (Onetti: 42 y 43). Sin embargo, si el lector se remite una vez más a la escena inicial con Caseros, ante la inesperada aparición de Malabia en la funeraria y presentándose en la forma en que lo hizo, pidiendo el entierro más barato y rápido, el habilitado de Miramonte piensa en quién podrá ser la difunta. “Si fuera una amiga de la familia, una conocida, una sirvienta, hubiera venido el padre; o él mismo, pero no a regatear” (Onetti: 15). De esta manera, la contradicción queda irresuelta. No es posible establecer que sea verdad que la muerta ha sido la sirvienta de la casa de los Malabia, porque Caseros usa exactamente la misma palabra, habla de la misma ocupación de “sirvienta” para sostener que si de eso se tratara el entierro hubiera sido diferente.  Y de la misma manera, tampoco podemos establecer que sea cierto el detalle no menor de que los padres de Jorge hayan criado a la difunta. Caseros habla de que si tan solo se tratara de una amiga de la familia o bien una conocida el entierro hubiese sido efectuado con mayor dedicación, y es indiscutible que en el caso de haberla criado habrían organizado otro tipo de ceremonia para enterrarla.

Con todo lo expuesto, a la hora de reconstruir la identidad de la difunta percibimos la dificultad con la que nos topamos. No hay certeza sobre su nombre, apellido, edad, aspecto físico, relación con los Malabia. Resulta interesante, entonces, ver –volviendo al tema que trataba al principio sobre la importancia que tienen las historias en la novela– que lo único que quedaría en pie para identificar a la muerta son sus experiencias de vida. Serían aquellas las que nos permitirían identificar a la difunta y reconstruir su identidad. Sin embargo, al querer reponer quién ha sido la muerta a partir de su historia de vida volvemos a encontrar contradicciones y fallas. Siempre aparecen distintas versiones sobre lo que sería la única y verdadera historia de la difunta.

Anteriormente señalé el momento en que Jorge vuelve sobre sus palabras y afirma que la muerta que enterraron no se llamaba Rita. Su afirmación posterior es que se trataba de la prima de esa tal Rita, por lo cual la historia de la difunta pasaría a ser otra totalmente diferente, ya que las anécdotas que se venían relatando hasta el momento corresponderían a esa Rita que no estaría muerta. No obstante esto, Tito Perotti en su encuentro con el médico desmiente por completo esta versión. A la pregunta del médico sobre si la muerta que han enterrado era o no Rita, Tito responde “¿Si era Rita? Claro que era Rita” (Onetti: 105). En el avance de la lectura, lejos de adquirir certezas, información consistente o precisa, el lector se encuentra cada vez más inmerso en una ambigüedad completa. No se obtienen respuestas y las preguntas se multiplican sin cesar.

Los mismos personajes hablan explícitamente sobre el problema del choque de las versiones de la historia que cuenta cada uno. Todos defienden la versión propia y descalifican las ajenas. Lo vemos, por ejemplo, en una de las declaraciones de Tito al médico. “Conozco la historia. No pensaba que la conociera usted. Jorge la debe haber contado y vaya a saber cómo” (Onetti: 105), en donde percibimos la ironía de Tito desautorizando la palabra de Jorge sobre el tema.

El problema de la contradicción de las distintas variantes de la historia se hace presente también en un tema muy básico y elemental: cómo murió la mujer. Mientras Caseros lee en el certificado de defunción que la muerta ha fallecido por “un infarto, […] los pulmones rotos” (Onetti: 15), Tito habla de una tuberculosis. “Ya estaba tuberculosa cuando la descubrí yo en la estación. Y no se cuidaba, prefería que comiera el chivo” (Onetti: 105 y 106) y algo después agrega “la mujer se moría de tos y de hambre” (Onetti: 109).

En este punto encuentro pertinente retomar algo que introduje anteriormente: el carácter metaficcional del relato. Con esto nos referimos a que la novela estaría tratando en sí misma determinados mecanismos de la ficción, problemáticas tales como la narración, la escritura, la lectura, entre otros. Cada narrador puede contar oralmente o por escrito su propia versión de la historia y cada lector u oyente puede comparar las variantes, creer a una y no a otra, interpretar de determinada manera, etc.

El hecho de que esto suceda efectivamente en la novela, llama al lector a reflexionar sobre el funcionamiento de la literatura, sus elementos, determinados problemas y sus formas de operar. Se postula a la muerta como el núcleo al que todos pueden acudir y a partir de allí generar su propia interpretación de los hechos que, aunque difieran entre los personajes, son igualmente todas válidas. Es un paralelo al caso de la lectura, en donde el núcleo al cual dirigirse es el libro, la novela, y cada lector desarrolla su interpretación individual del hecho artístico. Las diferentes lecturas pueden convivir como distintos modos de ver y entender la misma ficción, de la misma manera que las diferentes historias sobre la difunta están presentes. Pero, de cualquier modo, aunque las variantes “convivan” no dejan de presentarse con contradicciones y choques, ya que es esto lo que diferencia a unas de otras. Y lo que se postula es que no hay nadie que pueda declarar comprobada a una versión y refutar la otra porque en el caso de Para una tumba la dueña de la historia está muerta, y en el caso de las ficciones y la literatura en general no hay ninguna voz más autorizada que otras para imponer lo que sería la “correcta” lectura de una obra.

Ahora sí estamos en condiciones de llegar a una conclusión definitiva. Habiéndonos abocado a la reconstrucción de la identidad de la muerta, hemos indagado y buscado datos básicos de ella como su nombre, apellido, edad, aspecto físico y hemos descubierto que no podemos asegurar ninguno de estos detalles acerca de la difunta. Luego, con propósito de reponer la historia de vida que la había caracterizado, hemos encontrado que en las experiencias que nos son relatadas, hay más inconsistencias, contradicciones e imprecisiones. Finalmente, no queda más que concluir en que la muerta funciona como un vacío. Un vacío que los lectores podemos llenar con alguna identidad, algún nombre, apellido, anécdota de vida; de la misma manera en que lo hacen los personajes de la novela. De hecho, ya hemos visto que la novela se maneja recurrentemente con el tópico de la falta, y esto nos permite conjeturar la posibilidad de un vacío completo.

Incluso el médico nos dice esto hacia el final del relato. “Y, más o menos, esto era todo lo que yo tenía después de las vacaciones. Es decir, nada; una confusión sin esperanza, un relato sin final posible, de sentidos dudosos, desmentido por los mismos elementos de que yo disponía para formarlo” (Onetti: 120). La muerta puede ser diferente para cada una de las personas que se dediquen a relatar su historia, y todos tienen el mismo nivel de influencia o prestigio para narrarla ya que la protagonista no está viva como para desmentir y corregir a quien estuviera en lo incorrecto.

De la misma forma, tenemos a Jorge que en determinado momento intenta explicar por qué habían surgido diferentes variantes del relato entre Tito y él. “Toda la historia de Constitución, el chivo, Rita, el encuentro con el comisionista Godoy, mi oferta de casamiento, la prima Higinia, todo es mentira. Tito y yo inventamos el cuento por la simple curiosidad de saber qué era posible construir con lo poco que teníamos […]” (Onetti: 117). Pero esta declaración no logra derrumbar todo lo antes dicho.

Resulta muy llamativo que al principio del relato hay una especie de guiño hacia esta cuestión del vacío. En el cementerio, cuando el médico se ofrece a ayudar a Malabia a llevar el ataúd hasta donde será enterrado, hace una enigmática sugerencia. “Era, casi, como llevar una caja vacía” (Onetti: 23). Con el avance de la lectura de la novela, esa afirmación se hace cada vez más literal. Y es que ese “casi” se refiere a que –al menos metafóricamente– ese cajón está ciertamente vacío. Ese “ataúd de peso absurdo” (Onetti: 27) sin nombres ni fechas, sin identificación se encuentra disponible para que todo cuenta-cuentos desarrolle una narración que pueda representarlo. Por esto el médico sostiene que la historia “podría ser contada de manera distinta otras mil veces” (Onetti: 118).

Podemos pensar que esto explica algunas declaraciones algo misteriosas que van apareciendo a lo largo del texto. Por ejemplo, el reconocimiento que hace el médico al inicio del relato cuando dice que “esto no lo sabíamos; este entierro, esta manera de enterrar” (Onetti: 12). Siguiendo la línea del presente análisis, es factible pensar que esta modalidad desconocida de entierro sea la sepultura de un cajón vacío, sin un difunto dentro.

Y después de todo, lo habíamos leído y se nos había anunciado desde el mismísimo principio, desde el título de la ficción. La historia no es sobre una muerta que no tiene nombre o que no está identificada, sino lisa y llanamente de una tumba: la novela se trata de relatar historias para una tumba sin nombre.



[1] Onetti, Juan Carlos (2008 [1959]). Para una tumba sin nombre. Buenos Aires: Punto de lectura. (Todas las citas refieren esta edición).