La pasión crítica de un cronopio

8/20/2016 Improbables

Sobre CORTÁZAR, Universidad de Guanajuato, 2015, pp 196

de Roberto Ferro

 

 
Por:   Rotundo Laura

 

“Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.”

J. C.

 

Entonces la pasión es algo desmedido, el cronopio Ferro lee a Cortázar de entre sus escritores preferidos, sus narradores preferidos, sus mundos preferidos, y escribe un gran libro en pequeño formato y turquesa -no verde o rojo o submarino: turquesa- que con pocas palabras -poquísimas, dentro de un frasco panzón, vidriado con tapa de lata y sombrerito rojo de fieltro con lunares- exhibe las lecturas asombradas, azoradas con tardes de sol, y son diseminadas sobre el asfalto exhibiendo el hambre y la panza llena de los lectores en dos volúmenes -o cinco o cien- que comen galletas sin sal, con gluten o chips de chocolate.

La pasión inunda la lectura, la ciñe, la atraviesa; se pierde en la noción del tiempo que alerta los sentidos, los alimenta, los condensa y re-estructura re-afirmándolos transformados en sentidos múltiples que son un todo con la lectura y el cuerpo, con todo lo leído y tocado, olido, sentido; que son uno con su ser y la lectura, la escritura y ese otro que lee al lector sentado en el sillón de terciopelo verde.

El placer de la reproducción del deseo de decir la pasión, de trasmitirla para abrir caminos, se traduce en instancias oníricas y sensuales, casi eróticas, que se perciben en la escritura de la escritura, en la piel de papel que anuncia el descanso del deseo inagotable que se traslada al cuerpo en situación analítica. Esa piel, ese cuerpo, ese análisis, esa escritura se dispone a palpar en cada milímetro el elixir del traslado, tránsito y estancia, errancia, el trastorno, el ingresar a otro mundo que no se desprende porque convive. Convivio acérrimo, íntimo entre el texto y el lector y el escritor y el aire y el papel y los ojos.

La lectura de los autores preferidos disemina los sentidos de la lectura abarcando lo infinitesimal, reformulando la misma noción de lectura en la que leer al lector no es leer lo leído por el otro, atravesar el mismo camino, seguir sus pasos sino ser invitado a idear el propio laberinto, a internarse en los pasadizos inexistentes, inextricables, inherentes, incesantes de la lectura que todavía está a punto de germinar vida de texto y lectura, escritura y texto y lectura y así sucesivamente.

La lectura de Ferro sobre Cortázar no es una lectura que clausura, que propone una línea, que dirige un camino que el otro lector -el segundo, el que lee al lector- debe seguir, sino que es una invitación a armar un recorrido propio que se nutre de la lectura del otro para sazonar la propia; que habilita a la exploración, que es incesantemente provocativa, lúdica; que fecunda e incita a armar recorridos, a jugar por entre las rendijas del sentido; que recorre por el margen avistando hitos para que el lector viajero, ese otro que lo lee, se anime a hacer su propia excavación, a descubrir sus propios restos y armar su todo encaramado.

Ferro no habla de Cortázar sino que es hablado por su lectura, pero no por la de Cortázar que lo invade y lo penetra floreciendo un devenir escritura que baila tregua, cátala y espera, que lo funde con su encanto encantando su escritura, su lectura -la de Ferro-; sino por la lectura que él hace de lo que es leer, de lo que es escribir, de lo que es Cortázar, de lo que es Ferro, de lo que es un lector leyendo a Ferro que lee a Cortázar. El mundo infinito de las lecturas trasmutado a las palabras que arman un sentido todo y nada, que se filtran por las grietas de la lectura que nunca más es lectura sola, que no existe sola, deslocaliza los sentidos estáticos de la idea de texto para ser flujo compartido e intercambiado.

El dispositivo crítico que pone en marcha Ferro resemantiza la noción de crítica desestabilizando la palabra misma como soporte y sus posibles narrativos -en la narración, en la escritura: en la lectura- para dar la posibilidad de búsqueda propia. La verdad, la memoria, la vida, bailan entreveradas poniéndose a prueba en una escritura liviana y consistente, contagiosa, contundente.

A partir de pensar a Cortázar desde diferentes perspectivas, analizando zonas de contacto que transita y explora abriendo pasadizos, pasajes, propone a la vez modos de ingreso a otros textos, otros autores, otros mundos posibles; es decir que la lectura, la propuesta, el programa de Ferro no termina en su lectura sobre Cortázar sino que es más ambicioso: incitar a los lectores a leer como lectores que buscan leer más allá de la simple lectura. A partir de los epígrafes, Ferro en su papel de narrador, interpela en doble juego al lector que ya no sabe si lee su lectura, a Ferro o al mismo Cortázar transformando hasta los datos biográficos en finas hebras imprescindibles para acceder al juego de esa lectura que ya es propia y ajena, contaminada, contaminadora.

Nuevamente la escritura de Ferro nos invita a situarnos en varios lugares, en todos y en ninguno; más que situarnos en un lugar la cita es con la idea de lugar, de leer, de jugar; con la imagen del crítico como un lector habilitador de lectura, no un clausurador de sentidos por poseer el único e irrevocable, Ferro tira por tierra la palabra única, irrevocable en la lectura para abrir el abanico de sentidos a partir de su lectura crítica. El crítico es maestro, lector y escritor, diseminador, habilitador, y de nuevo lector. Cronopio, cronopio.