METALITERATURA

Revista de literatura

Estilo del caos

12/2/2021 Interesante

In medias res fue una de las alocuciones que más me llamó la atención en el glosario de expresiones en el curso de latín para abogados. Puede decirse que forma parte de mi repertorio de jerga culta para cóctel. Nunca le he echado mano en alguna conversación, pero creo que en lo que escribo está presente sin querer queriendo. Significa “en el medio de las cosas”. Los poemas, en general, emplean esa manera de iniciar. Mucho más que el conocido ex nihilo, esto es, desde la nada.

 

 
Por:   Nicolás López Pérez

El ejemplo más luminoso de esto, permanece en el canto primero del Infierno de Dante Alighieri: nel mezzo del cammin di nostra vita. En el medio del camino de nuestra vida, ¿un trayecto que comienza o se retoma? Si tomamos esa oración, cabe seguir o dejarnos llevar por la senda del punto de partida o fuga. La escritura es el río que fluye como una vida escrita por delante. Otro mundo posible, dentro de este. 

 

Por la mitad, partir. Y distinguir entre los demás cursos de ese infinitivo: zarpar, iniciar, dividir. Con la escritura, se retorna a ese verbo de ignición o se pasa por segunda, tercera vez. Lo que es escrito es un nuevo comienzo, pero ¿para qué? ¿Para lo que es escrito? ¿Para lo que conoce su viaje con letras por vez primera?

 

La escritura deja un sedimento en su ejecución. Una borra proveniente de los materiales de construcción. Y un aroma que puede decirse “la voz del autor” o bien, el intersticio posible entre la huella y el aura. Lo último, entre la cercanía y la lejanía que existe entre alguien y una creación. En ese lugar, pienso que oscila una potencia elástica de cada cosa. Y en el revés, bordeando el corazón de la creatividad, un “por venir” o un “por hacer”. Esto último, a propósito de la ontología de Étienne Souriau sobre los “modos de existencia de una obra”.

 

Borra y aroma como lo que queda de una escritura para posibilitar otra. Una palabra, una circunstancia, una mitad de camino que se puede escribir una y mil veces, y de distintas maneras. En la idea de Souriau, se nos presenta un inacabamiento existencial de toda cosa y solo hay seres a realizar, mediante una acción instauradora. Por ejemplo, en el caso de una mesa, puede estar hecha por un carpintero, pero está todavía “por hacer” en lo que toca al artista, al poeta, al escritor. La mesa a concebirse, en cada caso, puede no tener afinidad ni semejanza con otras. Esto puede ser problemático si restringimos el avance de esta intuición a la esencia de la mesa o la serie de características sin las cuales no estaríamos hablando de tal.

 

En poesía, un caso paradigmático está en las declaraciones de principios o de técnica -para mí, de impuestos- en las directamente llamadas “artes poéticas” o susceptibles de ocupar tal categoría. Desde la instrucción elemental de Horacio con su Epístola a los pisones hasta las gestiones de escenarios caóticos en Pablo Neruda o Vicente Huidobro. El recorrido es largo. No principia en la Antigua Roma ni acaba en Chile. Volviendo al ejemplo de la mesa, un arte poética no tiene que ver con el resultado en sí, sino con los procedimientos y operaciones en que se mueve al trabajo intelectual.

 

El poema es la obra “por venir” o la obra “por hacer” en el caso del o la poeta. En la mitad del camino, puede avanzar, retroceder o ir en otra dirección. Hay una cosmografía que involucra, pensando en Souriau también, el proyecto de la escritura y su trayecto. El sedimento, borra y aroma, es experiencia y acceso al lenguaje.

El pretexto de lo que queda para volver a escribir o reescribir, inclusive de distintas formas y aproximaciones, está en la propia vida como fértil provincia de una obra por hacer, dentro de otra obra mayor.

Yevgeny Yevtushenko, en sus temerarias pero precoces memorias, escribió: “La autobiografía de un poeta son sus poemas. El resto es solo comentario”. Esto nos coloca en la distancia (cercanía y lejanía) entre vida y obra. El sedimento es producto de estas interacciones tectónicas. Quiero decir, cómo la vida se quiere yuxtaponer en la obra y también al revés.

En lo telúrico, rastrear contextos, continuidades históricas, habilidades cognitivas, educación emocional y limitaciones de otra índole. La tectónica de placas se asume como verdad a tal punto que el autor o la autora se reconocen en lo que escriben, dado su factor biográfico y la total obsolescencia de lo que se llama pacto ficcional. 

Y la verdad es que es nadie en específico allí dentro, pero alguien afuera que da estilo al caos, a su propio caos y para concentrarlo en las palabras que se desfragmentan en el texto, en el poema, finge. En definitiva, de fingir a la ficción menos de un paso de distancia. La ficción es siempre una obra mayor por venir.

 





 

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