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Una nueva confabulación sobre Desde aquella ventana, de Roberto Ferro

6/24/2019 De interes

En 2009, Roberto Ferro publica De la literatura y los restos (1ª ed. Bs.As.:Liber,2009). Unos años más tarde, en la Petit Colón de Libertad y Lavalle, en Buenos Aires, Miguel Vieytes se encuentra con su amigo Jorge Cáceres.

 
Por:   Maria Claudia Otsubo

Sobre la mesa del bar, además de las dos tazas de café, se alcanzan a distinguir, a través de la ventana, dos sobres de papel madera y una libreta negra ajustada por una liga elástica roja. Como me contará luego María Laura Ochiro, testigo involuntaria de esa cita, los sobres que resguardaban unos libros –uno era para mí, me confesará con timidez– y la libreta que contenía todas las notas, un “cuaderno de bitácora”, que fue tomando Cáceres cuando se embarcó en la búsqueda de la pintura de Caravaggio.

Sin embargo, había algo más en esa mesa, termina de develarme hoy María Laura. A un costado y bajo un abrigo, se ocultaba el libro de Roberto Ferro. Esa tarde Vieytes se lo prestaría a Cáceres con una doble condición: la de la devolución (en un mes, un año, no importaba, sería una buena excusa para volver a verse, le había dicho) y la de la lectura.

Fue así que cuando Cáceres se despidió de su amigo, sin saber qué ese hasta pronto sería el último y definitivo entre ellos, se llevó bajo el brazo ese préstamo a Florencia. No tuvo tiempo de saber de qué trataba el libro hasta que llegó a Italia. Es más, aun allí, el reencuentro con Melissa, fiel al tacto y a los roces que habían guardado su memoria, no le dio tregua para ocuparse de ese texto. Respetaba a Roberto Ferro, sabía que había sido en gran parte responsable de la edición de Fuera de foco, la novela que finalmente logró articular ese descalabro de muertes y misterio que envolvió la ruta del Caravaggio. Pero pudieron más sus ganas contenidas y la pasión por Melissa que la promesa al amigo.

Por lo tanto –y ya Cáceres no podría contárselo a Vieytes, y esa certeza de su ausencia irreparable fue demoledora para él– fue al iniciar el viaje de regreso a Buenos Aires, más de un año después y mientras preparaba su equipaje que, ordenando su biblioteca, se reencontraría no solo con el libro, sino también con el recuerdo de ese encuentro en la Colón y también con aquella insistencia de Miguel porque abordara su lectura.

El primer contacto con el texto lo tuvo antes de subir al avión. Como una premonición del estado de ánimo con que lo esperaría Buenos Aires, la dedicatoria afectuosa de Ferro a Vieytes en la portada lo conmovió.

La continuidad se la permitió el mismo viaje. Ese tránsito desvelado fue el espacio propicio en el que haría las primeras marcas, con una lapicera azul, en el prólogo del libro que ya sabía, sin remedio, no tendría que devolver.

… Concibo la escritura literaria como un espacio infinito de recurrencias discontinuas: citas, alusiones, autorreferencias, duplicaciones, paralelos, injertos […]. El ojo que lee, el ojo del lector, que merodea y arriesga en el juego múltiple de asediar los sentidos, recorre las páginas del texto en su diagramación quebrada en la que cada trazo se confabula como pasaje hacia otros textos […].

Luego, casi enseguida, arrancaría con el capítulo que correspondía a Cortázar. El otro JC, fue lo primero que se le ocurrió pensar y que escribió sobre la hoja, casi sonriendo por esa irrelevante coincidencia que lo vinculaba al escritor que tanto admiraba.

Varios meses más tarde, Cáceres completó la lectura del libro. Se demoró más de lo que hubiera querido; sin dudas existieron razones valederas que justificaron esa dilatación; sin embargo, esa circunstancia de ir leyendo a medida que avanzaba en la investigación por la muerte-suicidio de Miguel hizo que Ferro volviera a convertirse en un puente involuntario que lo conectaba con su amigo.

[…] la identidad de quien narra se inscribe en una lógica de la máscara, que mientras dice “yo soy”, se oculta en la otredad […], subrayó una tarde antes de encontrarse con Sarkis. Esas líneas, presentes en el capítulo “La narrativa policial latinoamericana” referían a la escritura de Onetti. El escritor uruguayo estaba más que presente en esos días de incertidumbre. La primera edición de La muerte y la niña de Onetti, de Corregidor, con una tapa verde –un obsequio de Roberto a Vieytes– fue, sin dudas, el último libro que tuvo entre sus manos Miguel. También fue el libro que rozaría luego con sus dedos gruesos Uriel Gorosito…

Unos meses después, tengo sobre mi mesa una edición impresa, casera, de Desde aquella ventana. En ella descubro de qué modo la vinculación con La muerte y la niña contribuyó a que Cáceres desentrañe el enigma: cómo y por qué había muerto su amigo Miguel Vieytes.

No puedo anticipar nada de ese desenlace en estas notas, sería como traicionar el esfuerzo de tan tremenda investigación. Ya circulará el texto definitivo y todos sabremos de qué trata.

Lo que sé, y de eso hemos conversado largo rato hoy con María Laura Ochiro, es eso mismo que ha escrito Roberto:

El texto es una esceno-grafía, una puesta en escena de las huellas, las trazas, las estrías, de todas las modalidades posibles de una tipología del injerto; cada texto es un entramado con múltiples cabezas de lectura para otros textos, una deriva de convergencia de operaciones de desplazamiento y proliferación en las que no solo desaparece el origen, el origen ni siquiera ha desaparecido: nunca ha quedado constituido. (Derrida, Una introducción, Ed. Quadrata, Bs. As.2009, pág. 138.).

Leemos juntas este párrafo en esta nueva tarde que nos ha reunido, casi como un ritual, en la Colón próxima a Tribunales. No llueve como aquel otro día y un brillo insistente que se empeña en atravesar la ventana, ilumina de lleno la cara de María Laura. Ella ha traído ese otro libro de Roberto y me muestra emocionada que la cita está subrayada por Miguel.

Este libro era suyo —me cuenta— me lo prestó mientras trabajábamos en las notas de Cáceres el año pasado; lo hizo con una doble condición, pero sólo pude cumplir con la segunda.

Es una pena, una gran pena, me dirá al despedirnos.

 





 

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